18 agosto, 2015

Bésame, tonto

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 Cada vez que se habla de 'Bésame, tonto' surge un lugar común que todo el mundo repite: Walter Matthau y Jack Lemmon deberían haber ocupado el lugar de Cliff Osmond y Ray Walston. En realidad nada de esto importa. Porque está Dean Martin haciendo de sí mismo, o sea, de 'crooner' canalla, como si le hubiesen adjudicado una corresponsalía del Rat Pack, y aún más esencial: están Felicia Farr y Kim Novak, ambas asombrosas, compitiendo en sensualidad mientras manejan a su antojo la temperatura de la película.

 Dos escritores de canciones aficionados sueñan con colocar un tema y vender millones de copias. Olfatean su gran oportunidad cuando Dino, un conocido cantante de Las Vegas, mujeriego y sinvergüenza, aparece en su pueblucho. Uno de los compositores aloja en su casa a la estrella y sustituye a su esposa (Farr) por una prostituta de curvas mortales sin señalizar (Novak), a la que pretende utilizar como cebo sexual para sus fines comerciales. Se convierte en alcahuete para vender una canción. En una curiosa vuelta de tuerca del enredo, los papeles se invierten y la verdadera esposa acaba durmiendo en la caravana de la prostituta y acostándose con el playboy.

 'Bésame, tonto' fue boicoteada en todo Estados Unidos. Homilías de clérigos victorianos arremetieron contra Billy Wilder y su forma de tratar el adulterio. Incluso la Liga de la Decencia logró que la estrenaran con la clasificación C (condenada). Era una «amenaza para las familias», una «plaga moral», una «vergüenza», trompeteaban. La crítica también fue implacable. Una farsa sexual burda, indecente, repleta de chistes sucios y poco más, resumieron. Insultado y profundamente amargado, Wilder se marchó a Europa y desapareció una temporada. Fue su primer gran fracaso.

 Vista con ojos de hoy, 'Bésame, tonto' es una comedia maravillosa. Calificarla de obra maestra en una filmografía con semejante medallero suena a redundancia. Una vez más, Wilder ofrece acidez y romanticismo, ingenuidad y melancolía, dobles sentidos y comentarios maliciosos, gente utilizada como mercancía y tipos que pordiosean entre el éxito y la corrupción. Nadie le da la vuelta al calcetín del sueño americano como Wilder. Sus personajes siempre se sumergen en la basura y salen limpios, es decir, sucios... pero dignos. Es su forma de recetar redención.


                                                                                           (Publicado en La Voz de Galicia)

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