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28 enero, 2015

La gran vida de Perico Vidal

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 ‘Big Time: la gran vida de Perico Vidal’ [Marcos Ordóñez. Libros del Asteroide] se lee con la oreja: uno escucha con asombro la voz de su protagonista mientras resbala por el libro sin apenas percatarse. Perico Vidal fue ayudante de dirección en la época del Madrid ‘de los americanos’ aunque quizá sea más exacto definirlo por su gran talento como ‘resuelve-conflictos’. Era, por decirlo así, el pararrayos de los rodajes. No es de extrañar, por tanto, que sus anécdotas sean relámpagos. Fue amigo personal de David Lean y Frank Sinatra, siendo testigo privilegiado de sus requiebros con Ava Gardner, una relación sobre la que los psicoanalistas todavía no se han puesto de acuerdo. Debutó con Orson Welles y trabajó con Mankiewicz, Liz Taylor, Nicholas Ray o Robert Mitchum. Por tener, hasta tuvo un romance con Marilyn que duró treinta segundos.

 Si alguna vez hubo un delegado en España de la franquicia americana del ‘Rat Pack’ ese fue Perico Vidal, incluso en la caída, cuando su vida fue desenfocándose y, después de asaltar el ático, el ascensor lo deja en el sótano, a la intemperie. «Triunfar no es otra cosa que hacer lo que te gusta», afirmaba. Y lo hacía. Respiraba con el aire de aquellas películas corsarias y aventureras que protagonizaba Burt Lancaster en los 50. Su golferío, su facilidad para trabar amistades y su prisa por apurar la vida eran una tara congénita. Un día, sentado en una mesa con dos amigos de Sinatra, Count Basie los invita a su club en Harlem. Tocan dos nuevos talentos. Ante el interés de Perico, sus compañeros le dicen: «¿Harlem, a estas horas? ¿Por qué no esperas a mañana?». Y éste responde con urgencia de teletipo: «Es que está pasando ahora».

22 septiembre, 2013

El silencio del héroe

 ‘El silencio del héroe’ es una colección de artículos deportivos, en su mayoría ordenados cronológicamente, que muestran cómo Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932) ha ido tensando su escritura a lo largo de las décadas hasta convertirse en un autor esencial. Si Robert Bresson y Yasujiro Ozu, apóstoles de la sobriedad, regentasen un club contra los fuegos de artificio, aceptarían como socio a Talese. La sustancia de sus relatos se nutre de los detalles que se pierden por el rabillo del ojo. Talese explora los rincones. Un tipo que fabrica herraduras en un hipódromo, una persona del público, un árbitro de boxeo, una futbolista que falla un penalti... Durante décadas ha documentado una galería de personajes, muchos de ellos perdedores, con un humor extraño y la compasión de quien no se permite juzgar a los demás.

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 ‘El silencio del héroe’, el reportaje que da título al libro, habla de la soledad de Joe Di Maggio, un mito pegado a la sombra de la muerte de Marilyn Monroe, pero sobre todo habla de cómo envejecen los deportistas. El relato está escrito en 1965. Talese acompaña al jugador al Yankee Stadium, quince años después de su retirada del béisbol. Es un día de fiesta. Se homenajea a Mickey Mantle, la leyenda que ocupó el vacío de Di Maggio y que ahora, también en el ocaso, está a punto de retirarse. Pancartas que rezan «Te queremos Mick» cuelgan en la parte alta del estadio. Talese escribe: «Estas pancartas las habían sujetado centenares de jóvenes cuyos sueños se habían hecho realidad a menudo gracias a Mantle, pero también, sentados en la tribunas, había hombres de más edad, barrigudos y medio calvos, en cuyas mentes de mediana edad Di Maggio seguía vivo e invencible, y algunos de ellos recordaban cómo un mes antes, durante una exhibición antes del partido del Día de los Veteranos en el Yankee Stadium, Di Maggio bateó un lanzamiento y lo mandó a los asientos de la zona izquierda del campo, y de repente miles de personas se pusieron en pie de un salto, como locos, gritando de alegría: el gran Di Maggio había vuelto; volvían a ser jóvenes; era ayer.»

 Solo son dos palabras. Era ayer. Dos palabras que electrizan y atraviesan el tiempo del relato con la velocidad del pensamiento, que en un instante pasa del presente al pasado. Dos palabras que describen la nostalgia y la imaginación colectiva y acotan con precisión absoluta la definición de leyenda como «aquel que vive en el recuerdo». Con esa brevedad Talese cuenta una historia sobre la vejez, sobre la decadencia, sobre el tiempo y su transcurrir. «Era ayer». Dos palabras. Ya estaban en el diccionario. Solo había que escogerlas y colocarlas en el lugar adecuado.


                                                                                                                             (Publicado en La Voz de Galicia)

25 julio, 2012

Una extraña pureza

 Erri de Luca no inventa, sólo recuerda. Y quizá sea la misma cosa. Sólo he leído un libro suyo pero, si uno mira hacia el horizonte, cree adivinar lo que le aguarda en el resto de su obra: las redes de arrastre de toda una vida.

 En su manera de contar una historia hay una especie de poesía a la que la rima le parece algo de mal gusto, algo sobrante. Sería insistir. Imaginad una naranja a la que exprimís para extraer zumo y caen tres gotas. Así escribe Erri de Luca. Concentrado y precioso, es todo núcleo, no hay adorno, no hay decoración. Ese empecinamiento en contar sólo lo esencial pone cemento a la complicidad imparable que estableces con él.

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 Los libros de Erri de Luca traen consigo un accesorio denominado "puente". El lector se sorprende una y otra vez ensimismado en sus propios pensamientos y no sabe cuando cruzó ese puente. No es capaz de recordar el instante exacto en que dejó de leer y comenzó a pensar. Esto provoca que el ritmo de lectura sea a pequeños sorbos, con frecuentes paradas en el camino a beber agua fresca. Llega un momento en el que descubres que el libro va a la velocidad de la vida, que es una de las mejores cosas que le puede suceder a una persona que abre un libro y espera encontrar algo.

 No contaré el argumento. Disfrazado de relato iniciático, el autor nos hace un regalo, nos dice de la forma más hermosa cómo viajar en el tiempo a través de nuestra memoria. Nos explica cómo funciona la máquina de nuestros recuerdos y nos habla de la educación, del tiempo, de la sensación de pérdida. Y habla también de la herida de la vida.

 Hay varios cineastas que empezaron a rodar películas en el cine mudo, fueron testigos del nacimiento del sonido, vivieron el paso del blanco y negro al color y prolongaron su carrera hasta las décadas de los sesenta y los setenta. Eran pioneros. Ellos inventaron la caligrafía del cine. Necesitaban que las imágenes fueran tan esenciales que narrasen la historia por sí mismas con apenas la apoyatura de unos carteles. Esa pureza narrativa ya les acompañó para siempre. Cuando veo alguna de las últimas películas de John Ford, Charles Chaplin o Jean Renoir, a veces, me parece que están inventando el lenguaje cinematográfico delante de mis ojos.

 La misma sensación me asalta al leer a Erri de Luca. La de una extraña pureza.

24 mayo, 2012

Martin Beck

 El matrimonio formado por Maj Sjöwall y Per Wahlöö escribieron juntos, entre 1965 y 1975, diez novelas policíacas en las que crearon a Martin Beck, el protagonista de esos diez relatos. Posiblemente sea más fácil definir a este personaje por "lo que no es". Martin Beck no es un héroe ni un antihéroe, es demasiado gris para ser ambas cosas. No es el típico policía rebelde, que actúa al margen de las normas. No es un genio deductivo dotado de un talento deslumbrante para resolver enigmas, ante el cual, el resto de los mortales reculan a la par que exclaman: ¿como diablos lo habrá averiguado?. No tiene glamour. Tampoco posee la gorra de Sherlock Holmes.

 Martin Beck ofrece sentido común (especie en peligro de extinción) y apego a la realidad, sólo es un tipo meticuloso que, quizá demasiado a menudo, se pregunta si lo que hace vale para algo. Sus compañeros de trabajo también pertenecen a la vida real, son tipos mediocres, con problemas mediocres y vidas mediocres. A menudo, sus trabajos policiales consisten en tareas monótonas con el aburrimiento como actor principal. No hay personajes perspicaces, de ocurrencia apoteósica o frase lapidaria al estilo del agente de la Continental creado por Dashiell Hammett.

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 Hay algo delicioso en la forma que tienen de comenzar cada novela que relaciona a estos dos escritores con el cine de Alfred Hitchcock. Siempre hay una escena inaugural que sirve como detonante, aquello que Hitchcock llamaba McGuffin, ese primer empujoncito que sirve como excusa y provoca que la piedra comience a rodar cuesta abajo. Estos inicios de novela suelen ser asépticos, objetivos, a veces son una mera descripción de un acontecimiento sin carga emocional alguna.

 Estas escenas inaugurales tienen una extraña tensión ya que, el lector sabe de antemano que está ante una "novela policíaca" por lo cual sabe que "algo va a ocurrir", lo que provoca que la atención del lector se ponga alerta desde el primer momento. Igual que en una película de don Alfredo, sabes desde el inicio que la cosa se va a liar, por lo cual, el propio espectador genera el suspense en su cabeza.

 Las historias que vienen a continuación después de esas pequeñas "intro", suelen avanzar de forma cronológica, desarrollando el procedimiento policial con un realismo sobrio y narrando sucesos que, hoy parecen normales, pero que, en su momento, eran poco complacientes con el público de las novelas de finales de los 60. Maj Sjöwall y Per Wahlöö, tienen una peculiar forma de narrar sus historias. Proponen una extraña mezcla entre un humor cercano al esperpento y una forma de contar la realidad y sus malos olores de manera concisa, fría, despojada de todo adorno. Cuando se produce un interrogatorio, no hay dramatismos ni frases grandilocuentes, sólo aparece la transcripción exacta en la que, al principio de cada línea hay una P de pregunta y una R de respuesta.

 Martin Beck y su grupo de policías, arañan la superficie sin piedad y analizan de forma implacable (a un servidor le encantaría ese nivel de autocrítica en el momento actual) la sociedad que les ha tocado vivir. Nos explican su tiempo y la falsedad de ese tópico del estado de bienestar de los países nórdicos en los que los problemas sociales parecían no existir.
La andadura de estos personajes durante diez años en la ciudad de Estocolmo, hace que acabes conociendo esa ciudad a pesar de no haber estado nunca allí. Para eso está la literatura y el cine, para engañarnos y hacer que creamos conocer un lugar en el que no hemos posado el pie.

 Martin Beck podría formar parte del grupo de policías que aparecen en la serie The Wire. Una serie tan apegada a la vida real que hasta los matices tienen matices.

  Como siempre, la novela negra no ofrece sólo entretenimiento.

07 septiembre, 2011

Kinshu. Tapiz de otoño

 Diez años después de su divorcio, Aki Katsunuma y Arima Yasuaki, se reencuentran por casualidad en una visita al monte Zaô. Ese encuentro casual dará pie al inicio de una relación epistolar donde ambos intentan arrojar luz sobre el incidente traumático que acabó con su matrimonio y que no voy a adelantar aquí. Con la pretensión de saldar cuentas con el pasado y consigo mismos dan comienzo a ese intercambio de cartas, que se asemeja a un intento de cicatrizar unas heridas todavía abiertas. Un paso atrás, para poder, en el futuro, dar dos pasos hacia delante y poder continuar con sus vidas sin la sombra asfixiante de todos esos asuntos inconclusos que la mayoría de nosotros vamos dejando por el camino.

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 Ninguno de los dos protagonistas pretende recuperar nada, saben que no es posible, pero ninguno ha olvidado. Con una escritura sencilla, delicada, lúcida y, a la vez, cruel para consigo mismos, tratan de recuperar la autoestima que les permita seguir con sus vidas. En ningún momento se tratan como enemigos o entran en el ámbito de la queja inútil, no pierden el tiempo escribiendo de cosas que no pueden ser cambiadas ni utilizan el condicional "si" (si hubiera hecho esto, si hubiera ocurrido aquello otro...).

 Cualquiera dotado del sentido común más elemental, sabe que el pasado de uno es el que fabrica su presente pero esta novela se pregunta de forma no directa ¿y el futuro?¿es posible cambiar el futuro o es inexorable debido a una marca imposible de borrar perteneciente a un pasado ya lejano?. Hay una gran cantidad de gente para la que el pasado sigue vivo, configurando de forma obstinada su presente. En la sucesión de cartas que se escriben Aki y Arima Yasuaki hay una exploración clarividente del pasado, del sentido de la culpa, del perdón, del poder de una persona ausente en el presente de otros, de la búsqueda de redención, del destino. Todo impregnado de una profunda tristeza que, lejos de ser depresiva, se abre paso hacia la esperanza, hacia el futuro. No toda tristeza tiene por qué ser mala.

 El tono de la correspondencia está narrado con una delicadeza y una belleza conmovedora, al mismo tiempo, alejada de toda ñoñería (algo importante, al menos para mí). Es una novela sobre el proceso de fabricación de una cicatriz que, muchas veces, es de lo que se compone la vida. También es una novela de esperanza. La forma en que vivas tu presente  y estés en paz con tu pasado alterará de forma significativa tu vida futura.


17 octubre, 2010

Un país sin verdad

 Tengo una extraña aversión por los libros voluminosos. Esta rara manía, sin duda algo absurda, hace que siempre escoja libros cuya lectura no me va a llevar más de tres o cuatro semanas. Ya sé, los libros deberían escogerse en función de su contenido y tal, no por su aspecto, pero no soporto estar mucho tiempo con el mismo libro, necesito avanzar, ver que acabo unas historias y empiezo otras. Llevo el ritmo de aquel que parece que siempre escapa de alguien.

 Cuando era pequeño (aún lo soy), la cualidad principal de una pieza de ropa era su resistencia. “Que dure”… decía mi abuela. Eran otros tiempos, se asociaba la longevidad de una prenda de ropa con su calidad. Hoy en día, la gente disfruta comprando a gran velocidad ropa de escasa vigencia, su principal cualidad es que sea barata. Los creadores de tendencias, dominadores de mercados y convencedores de voluntades deseosas de ser convencidas, nos dicen (nos repiten) que esto es lo bueno. Unos lo llaman renovar el fondo de armario (cada semana), otros trabajan para convertir en deporte olímpico el “ir de compras”, y con razón, el cronómetro juega un papel principal en esa especie de gymkhana técnica. Ir de compras tiene mucho de competición, sobre todo en rebajas. Quizá algún purista afirme que hay una ausencia evidente de espíritu olímpico, esto no es del todo cierto, en pocas actividades existe un afán de superación como el del primer día de rebajas, solo que no intentas superarte a ti mismo sino a otros. Además, ¿qué espíritu olímpico posee el ping pong?. Aquellos que gustan de ejercer la crítica social tienen una palabra, sin duda más cómoda, para definir todo esto. Lo llaman consumismo y ya está.

 Quizá algo de todo esto me ocurre con los libros, quizá soy un esclavo de los tiempos, un consumista de celulosa. Sea como fuere, soy amante del libro ligero, ese que no hace aminorar la velocidad del metro con su peso. Esto, como todo, tiene un doble filo: siempre sentiré una minúscula culpabilidad por no leer “El Quijote” y un intenso alivio por no tener que hacer levantamiento de peso con “Los pilares de la tierra”, obra que podría servir para que las sombrillas no volaran de las terrazas.
Hoy quería hablar de uno de esos libros ligeros. Historias de Roma. Enric González. RBA. Un paseo personal y aleatorio por esa ciudad. Se lee en un parpadeo y se asemeja a una charla de café con un amigo ingenioso que convierte el recorrido de lo contado en una sonrisa.

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 Ignoro si los corresponsales de los medios de comunicación desplazados a otros países ganan mucho dinero o llevan una vida privilegiada, imagino que dependerá de varios factores y que habrá de todo. También imagino que no debe de ser fácil vivir cinco años en Buenos Aires, cuatro en Nueva York, tres en Jerusalén y seis en Pekín, empezando casi de cero en cada nueva ciudad, adaptándote a un nuevo orden social, ritmo de vida, idioma e idiosincrasias propias de ese nuevo país.

 Para enfrentarte a todos los choques frontales que te esperan en tu nuevo destino hay que tener un espíritu de adaptación notable y poseer una cualidad nunca suficientemente valorada: mirar la vida con una curiosidad insaciable.
Esto es lo que más me gusta del libro, la idea de que el viaje consiste en un aprendizaje continuo, sin duda lleno de zancadillas y situaciones donde haces el merluzo. Enric González ha estado de corresponsal en varias ciudades y, cada vez que cierra una etapa y se marcha de una ciudad, escribe un libro sobre ella que tiene más de recuerdo y homenaje que de exorcismo. Ya ha escrito uno sobre Londres y otro sobre su estancia en Nueva York, siempre desde la perspectiva particular de alguien que se ha quemado las puntas de los dedos en innumerables situaciones.

 En esta ocasión le toca a Roma. Asistimos a la historia de un corresponsal (él mismo) que alquila un palacio en Roma, un palacio que siempre estará en obras porque, como todos sabemos, Roma es eterna. Para todo.
El libro hace un retrato caótico (como la propia Roma) de Italia que avanza desde el detalle más absurdo e insignificante hasta los asuntos más importantes de ese país, un país que no lo mueve el petróleo o las finanzas sino que se pone en marcha a través de las propinas.

 Siempre imaginamos Roma en blanco y negro o la asociamos de inmediato con una foto del Coliseo. En este caso, el itinerario es muy distinto, hacemos un recorrido alejado de las guías turísticas o los folletos de viaje por esa ciudad que siempre ha conocido tiempos mejores.
Sobrevolamos una Roma en la que Adriano Celentano sigue siendo un ídolo y un fenómeno televisivo, algo así como si en España Paco Martínez Soria fuese un prodigio nacional. Acabo de pensarlo mejor, viendo las aberraciones que triunfan en España es posible que no estemos tan alejados del señor Celentano.

 El libro nos lleva de visita al sitio donde se hace (dicen) el mejor café del mundo, tostando los granos con leña cada mañana y moliéndolos sobre la enorme cafetera, incluso hacen todo el proceso de espaldas al público para no divulgar “su secreto”. Así es Italia, todo “postureo”. La espina dorsal que atraviesa todo el relato es una frase de Leonardo Sciascia que lo resume todo en sí misma: “Italia es un país sin verdad”.

 Ahí tenemos a Berlusconi como ejemplo viviente. Dado que la verdad o la mentira son consustanciales al ser humano, parece que habrá que catalogar a Berlusconi como perteneciente a la raza humana. He escrito Berlusconi seguido de ejemplo y las palabras han comenzado a pelearse de forma instantánea en mi ordenador, parece que no pueden ir juntas.
Este pajarraco, que es capaz de injertar en su calva pelos procedentes del cogote de su hermana, vive rodeado de cosas bellas y señoritas de vida efervescente con un alto contenido en silicona, hay que recordar que el machismo mantiene una salud envidiable en Italia.

 En la Italia del populismo extremo, de los juicios que quedan en nada, nadie es culpable, nadie es inocente, nada es verdad ni nada es mentira. Otra de las breves y, a veces, exquisitas paradas del libro es la historia del expolio a que fue sometida la heredera del marqués Casati Stampa (una fortuna ilimitada) por un treintañero de nombre Silvio Berlusconi, el fulano que alardea de conocer el precio de las personas. Y posiblemente sea cierto.

 En este trayecto imprevisible y desordenado de anécdotas, pequeñas historias y saltos en el tiempo incluso hay un esfuerzo de documentación sobre antiguos asuntos arqueológicos y piedras diversas donde, de forma inteligente, el autor se remonta al pasado para explicar el presente. El mosaico que escribe Enric González sobre Italia viaja desde la historia antigua hasta sus propias experiencias personales por las que circulan retratos de amigos atrapados irremediablemente por Roma. Puede que no les guste todo lo que hay a su alrededor pero acaban hechizados, rendidos a su influjo. Me recuerdan a aquella frase de Woody Allen que hablaba de un restaurante donde daban de comer bazofia y encima las raciones eran tan pequeñas…

 Es un libro de sonrisa cómplice. Que no es poco.

09 agosto, 2010

El hombre que plantaba árboles

 Una breve y bella historia. El hombre que plantaba árboles. Jean Giono. Al caminar por las páginas de esta singular fábula ecologista, es sencillo darse cuenta de que Jean Giono debió de ser un tipo pacifista y preocupado por la naturaleza en una época donde esto último todavía no estaba de moda.

 El libro cuenta la hazaña de un hombre al que se le da por construir en lugar de destruir. Su nombre es Elzéard Bouffier y no toma la palabra a lo largo de todo el relato, no dice nada, sólo hace. Conocemos la historia a través de los ojos de un narrador que, al igual que el lector, va comprendiendo, poco a poco, lo que es una proeza anónima, la proeza de alguien que no busca ninguna recompensa, ni tan siquiera el reconocimiento a su labor.

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 Muy de vez en cuando, aparecen figuras de linaje extraordinario que marcan un antes y un después en la evolución y el comportamiento de los seres humanos. Todos ellos han hecho avanzar el mundo, han impulsado a la humanidad. Todos los “grandes hombres” de su tiempo que se enfrentaban a “grandes empresas” poseían –salvo raras excepciones- el afán oculto, o no tan oculto, de trascender, de alcanzar la inmortalidad. El paso previo para alcanzar esa gloria imperecedera y aparecer en los libros de historia es que la humanidad se entere de tus hazañas, es decir, necesitas promocionarte.

 Pero Elzéard Bouffier va más allá, no necesita que se reconozca su trabajo, tampoco busca el agradecimiento de nadie. Es uno de esos hombres que, lamentablemente, nacen con muy poca frecuencia y que posee un don extraordinario: su total y absoluta indiferencia hacia la publicidad de sí mismo, hacia cualquier tipo de notoriedad.

 Muchos grandes avances que hoy disfrutamos, casi sin apreciarlos, tienen como origen un número pequeño de mentes geniales, curiosas, a menudo sacrificadas, y, en muchas ocasiones, “diferentes”. Mentes que, en contadas ocasiones, consiguen dar un buen impulso a nuestro avance como civilización. Este tipo de gente, tan rara hoy, debe ser cuidada como un regalo valioso, como un tesoro.
¿Cuántos de esos genios anónimos nunca buscaron reconocimiento ni se dieron a conocer? ¿Cuántas páginas de la historia habrán quedado sin escribir? ¿Cuántos desconocidos habrán hecho avanzar la humanidad sin que sus conquistas lleguen hasta nuestros oídos?

 Elzéard Bouffier planta árboles. Y lo hace en silencio, como un ratón de iglesia. Su lección nos dice que es así como se hacen las cosas que verdaderamente importan, paso a paso, poco a poco, en silencio, sin llamar la atención.
Sólo dejó un rastro, una huella visible: los árboles.

07 julio, 2010

Anatomía del desastre

 El mundo de la gente que trabaja en el cine suele ser muy endogámico. Cuando un equipo técnico se desplaza a un sitio determinado para hacer una película, de alguna manera se produce una “suspensión de la realidad” para cada una de esas personas. Durante ocho o diez semanas dejan a su familia habitual para formar parte de otra “extraña” familia: la del rodaje. Al terminar la jornada de trabajo –normalmente diez horas-, te vas al hotel y, con frecuencia, no te queda otro remedio que compartir tu tiempo libre, de nuevo, con las mismas personas que llevas trabajando todo el día. Y así un día, y otro, y el siguiente…

 Esta situación temporal, para algunos, es ideal, intensa y divertida. Sobre todo para los más jóvenes y nómadas, que gustan de olvidar la rutina de su vida diaria. En este apartado, también te puedes encontrar gente que aprovecha ese “período” como válvula o vía de escape para descansar de su vida o de su familia, así como a tipos de cincuenta años que se comportan como jóvenes de veinte e intentan seguir el ritmo de esos jóvenes como si fuesen “niños-eternos” que huyen hacia delante.
Para otros, en cambio, estas semanas son una situación de transición, un trabajo, saben que volverán a la “normalidad” y a ver a su familia y amigos en un plazo de tiempo corto. Muchas veces aprovechan los fines de semana para volver a su vida. De todo hay.
Este período en el que perteneces a esta especie de familia disfuncional, se asemeja bastante a la vida de un circo o a la de una caravana de gitanos, siempre en movimiento, de aquí para allá. Muy del gusto de Fellini.

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 Las personas que se dedican al dudoso –la mayor parte de las veces- arte de hacer películas, y otros menesteres parecidos, suelen poseer una característica común: les encanta contar las mismas historias una y mil veces. Nunca se cansan de repetir los rodajes en los que han estado, las diversas vicisitudes sufridas o las anécdotas supuestamente extraordinarias que dejaron de serlo la octava vez que fueron contadas. De esta manera, las pausas del rodaje, las comidas o las cenas, siempre están empapadas de la tradición oral del gremio.

 Mientras los más veteranos disparan historias, los más jóvenes escuchan atentamente deseando poder contar historias como esas en un futuro. Todavía no se han dado cuenta de que los veteranos están desapareciendo de los rodajes, en un mundo donde los chacales no buscan ni quieren la experiencia (los buenos profesionales tienen la extraña manía de cobrar), la media de edad de los rodajes está descendiendo abruptamente gracias a una tendencia que está en plena expansión: en lugar de contratar a dos personas que conocen su oficio, contrata a cinco que no dominen su oficio pero que cobren poco, es de suponer que la suma de cinco cosas pequeñas de cómo resultado una grande. Los productores siempre usan unos extraños métodos de medición, usan su “matemática particular”.
La mayoría de la gente con muchos años de experiencia, cansados del eterno desgaste de que nadie valore su trabajo y de que les intenten pagar cada vez menos, con el paso del tiempo, acaban abandonando y dedicándose a otra cosa, conscientes de que cada vez su hueco es más pequeño. Por supuesto, siempre hay un eufemismo maravilloso para definir este tipo de situaciones: es “el signo de los tiempos”. En un futuro no muy lejano, los veteranos (esa gente incómoda y poco manejable que protesta por sus derechos) ya no tendrán cabida. Por eso mola tanto cuando los productores salen en los medios de comunicación diciendo que “la industria necesita a los buenos profesionales”.

 Me he desviado del tema. Supongo que esto es lo que se denomina “digresión inútil”. Estaba hablando de esas charlas épicas en torno a la hoguera, pero con mucho menos encanto, que son lugar común en todos los rodajes.
La mayoría de los “disparadores de anécdotas” son como Clint Eastwood, una vez que se ponen a disparar, nunca dejan munición en el arma. La gente del “mundillo” que no gusta de esta parafernalia expresiva, a menudo son considerados “extraños”, cuando no manifiestamente “sospechosos”.

 Hace unos cuantos años, una de estas charlas llamó mi atención. Un jefe de eléctricos afirmaba, durante una comida, haber trabajado en una película donde un F16 (que no tenía nada que ver con el rodaje) llegó a dispararles misiles. El largometraje en cuestión, era una película “maldita” hecha en 1995 llamada “Atolladero”. El argumento versaba sobre una ciudad del oeste, llamémosle “fronteriza”, ubicada en ninguna parte y que recibía la visita de una nave extraterrestre de la que bajaban unos dinosaurios dispuestos a invadir el planeta. Esta invasión sauria era repelida a balazos por el consabido sheriff y unos cuantos vaqueros entre los que estaba, como actor, Iggy Pop, la estrella del rock. Un western con dinosaurios. Simplemente maravilloso.

 He de reconocer que esta charla fue divertida y enriquecedora. Normalmente, el peso específico de esas pequeñas historias aumenta si en su desarrollo hay nombres importantes como Spielberes, BudyAllens o acontecimientos grandilocuentes como un ataque con misiles. Qué importa que lo que te cuentan sea verdad, mentira o una simple exageración si la historia es verdaderamente buena.
La cosa quedó ahí, enterrada en la memoria, y yo me olvidé de esta historia hasta que, hace unas semanas, un libro se cruzó en mi camino. El libro se titula Making Of. Oscar Aibar. Editorial Mondadori. Oscar Aibar es la persona que dirigió la película “Atolladero” (francamente, ya el título no hacía presagiar nada bueno, la verdad) y en el libro desgrana pormenorizadamente lo que allí ocurrió.

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 “Corazón en Tinieblas” (rodaje de Apocalypse Now) o “Lost in La Mancha” (rodaje de la no-película de Terry Gilliam) son ejemplos de documentales que narran de forma espectacular cómo se va apoderando de un rodaje una inercia negativa imparable que lo convierte todo en un auténtico infierno. En este caso en concreto, el atolladero lo formaban cosas como una climatología adversa, un actor que se muere durante el rodaje (con escenas por hacer, claro), un equipo técnico en tu contra que no cobra desde hace semanas y… sí, un F16 que te dispara misiles. Si queréis saber como es posible que te disparen unos misiles, me temo que tendréis que leer el libro.

 Este libro pertenece a esa estirpe, la de la desgracia inevitable. El autor hace una autopsia del desastre que fue su propio rodaje, convirtiendo el libro en una especie de exorcismo personal donde percibes, de forma inquietante, que las heridas todavía están sin cauterizar, todavía supuran. Quizá el libro es algo así como el intento de que, por fin, aparezca una cicatriz.

 El acercamiento de Oscar Aibar a la hora de narrar su propia pesadilla es un acercamiento a través del humor, del disparate, con la ironía que te proporciona la distancia, con acidez y sin autocompasión, victimismo ni piedad para consigo mismo, lo cual es de agradecer. Llega un momento donde la historia se parece al mito de Sísifo, esa metáfora del esfuerzo inútil del hombre. En el infierno, Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio.
Mientras las desgracias se van sucediendo una tras otra y se van sumando de forma ominosa haciendo del rodaje una losa imposible de mover, el director, se convierte en una especie de saco de boxeo, le llueven los golpes de todas partes mientras él se balancea intentando encajarlos de forma digna.

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 Sin poner énfasis en ello, de forma subterránea, el libro aborda otro tema del que se habla poco en todos los libros referidos al cine: la soledad del director.
En un mundo donde la gente cree una cosa, dice otra y hace otra distinta, al principio, todo suelen ser lisonjas, ejércitos de aduladores y palmaditas en la espalda alabando el talento de Supremo Hacedor que posee el director.
Hasta que la cosa se tuerce. Es entonces cuando la figura del director empieza a parecerse, en tamaño y forma, a la de un saco de boxeo.

 El libro puede interpretarse como un manual de supervivencia. El manual de alguien que empieza la película con ilusión y, poco a poco, va germinando en él la duda de si será capaz de sacar adelante un rodaje cada vez más parecido a un cataclismo. Al final, el director ya no se preocupa de dirigir nada, se limita a sobrevivir a esto, su único deseo agónico es terminar la película. Como sea.

 Casi siempre, estos rodajes-catástrofe se producen por razones puramente materiales, la codicia o el morro infinito de algún productor, ineptitudes varias etc. Pero hay otras ocasiones donde se produce una especie de cadena de desastres casi sobrenaturales que lo arrastran todo a su paso y que convierten el remontar la situación en una tarea totalmente imposible.
También es un manual de advertencia para los nuevos directores. Cada vez que das comienzo a un rodaje tiras una moneda, la mayor parte de las veces sale cara, pero en alguna ocasión, la fatalidad está agazapada silenciosamente detrás de la esquina y sale… cruz.

 Voy a terminar con la definición de rodaje que hizo Gordon Willis, posiblemente uno de los directores de fotografía más prestigiosos que ha habido. El concepto de rodaje que tenía este fulano está un poco alejado del supuesto glamour que poseen este tipo de eventos, y eso que nadie le disparó un misil.

 “Rodar es pasarlo mal. Hay mucha gente alrededor, hay que tomar cantidad de decisiones de última hora; es fácil perderse y además es agotador. Yo siempre digo que hacer una película es como extraer carbón, pero hay gente que no me entiende”.