23 septiembre, 2015

Anatomía de un asesinato

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 El director austríaco Otto Preminger fue el primero en rescatar de la clandestinidad a un guionista de la lista negra. Se enfrentó a los estudios hasta que consiguió que el nombre de Dalton Trumbo figurase en los créditos de 'Éxodo', devolviéndole el derecho a firma y dando carpetazo de paso a la caza de brujas. Preminger tenía reputación de productor de éxito más que de cineasta. Cuesta creerlo cuando uno ve que es el tipo que dirigió 'Laura', 'Angel Face' o 'Anatomía de un asesinato', probablemente el relato más preciso, matemático y divertido del cine judicial. Con la sutileza del carterista, 'Anatomía de un asesinato' despoja al espectador de su fe en el sistema al mostrar una visión de la ley escéptica e imperfecta, que vive más del aparataje y del proceso que de administrar verdadera justicia.

 El primer acto de cincuenta minutos es un prodigio de fluidez narrativa que presenta a los personajes y nos pone en situación. Un teniente del ejército (Ben Gazzara) es encarcelado por matar al hombre que violó a su esposa (Lee Remick), una mujer ambigua y ronroneante, enroscada como un tirabuzón y parapetada tras unas gafas de sol que parecen compradas en una de esas tiendas donde las mujeres fatales se acercan a empeñar el atrezzo. La defensa del acusado es asumida por un antiguo fiscal (James Stewart), cuyos únicos propósitos en la vida son pescar, escuchar jazz y pasar la noche de los sábados bebiendo y leyendo jurisprudencia con su mejor amigo, un abogado alcohólico y derrotado (Arthur O´Connell) que se dispondrá a dejar la bebida para ayudar en el caso. Este pequeño grupo de juristas de élite cuenta también con la ayuda de una maravillosa secretaria (Eve Arden), que maneja tal desparpajo y socarronería que parece habitar una película de Billy Wilder. Es comprensible. Debe de ser fácil confundirse de director austríaco.

 El segundo segmento de la película se ocupa del juicio, en el que James Stewart madruga al ministerio fiscal y convierte la sala en un teatro dominado por un trapisondista cuya exhibición de zalamerías, trucos y escaramuzas dialécticas causa asombro. Convierte el juicio en una farándula. Stewart se adueña del escenario como Sinatra con un vaso de bourbon en la mano, cortejando con sus baladas y abriéndose paso entre mujeres desmayadas con tal de cautivar a su público, en este caso, el jurado.


                                                                              (Publicado en La Voz de Galicia)

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