11 noviembre, 2014

En un lugar solitario

 photo Enunlugarsolitario_zps3d307895.jpg

 Cuando Nicholas Ray pidió que le habilitasen una cama en uno de los camerinos del plató de ‘En un lugar solitario’, su matrimonio con Gloria Grahame, la protagonista, ya era un destrozo. A pesar de esta mudanza de supervivencia y de un clima laboral que invitaba a hacer malabares con motosierras en marcha, consiguió rodar una película deslumbrante, insólita para su época y detenida en el tiempo, en ese lugar reservado a las obras que no se parecen a ninguna otra. El arranque de la película, con los ojos en el retrovisor de un tipo que podría ser un detective o un asesino, y resulta ser un guionista, ya introduce al espectador en los códigos del cine negro, con su romanticismo desesperado y sus decorados de sombras diseñadas que parecen ocultar los pensamientos de los personajes. Imagino que el lugar solitario del título es ese territorio en el cual algunos escritores se pelean con una página. Quizá sea el sitio más solo e inhóspito del mundo: dentro de uno.

 El guionista que interpreta Humphrey Bogart dibuja un retrato del Hollywood clásico lleno de cinismo y amargura («Tengo por costumbre no ver nunca las películas que escribo»), aunque esto es solo el aparejo, lo importante es su historia de amor con Gloria Grahame, un relato que incluye la desconfianza, la soledad y el maltrato, con unos destellos tan fulgurantes que es imposible no pensar si el guión y la situación personal del propio Ray no serán la misma cosa. Bogart, sombrío y atormentado, se comporta aquí como alguien que ha pisado una mina antipersona y aguarda el momento propicio para levantar el pie. Adelanta esos papeles de Dennis Hopper, siempre al borde de la explosión.

 Su medio millón de vasos rotos en bares y su gesto de actor petrificado, agarrando dulcemente la barra con los codos, lo avalan como personaje de ese otro Hopper, el pintor que nunca dejó de explicar el cine en sus cuadros. Sus pinturas y el argumento de esta película tratan el mismo asunto: la imposibilidad de ser feliz. Nicholas Ray logra una temperatura y una crispación tan notables que la película parece filmada con insomnio y frenada con un hachazo, despreciando el ‘happy end’ como quien le da una patada a un perro.


                                                                                               (Publicado en La Voz de Galicia)

No hay comentarios:

Publicar un comentario