04 diciembre, 2015

Laura

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 No hace falta decir que 'Laura' está considerada una de las cumbres del cine negro. Sin embargo, más allá de la fotografía de Joseph LaShelle, magnífica, y de la investigación por la muerte de la protagonista, no encuentro demasiado fundamento para situarla en ese género. La voz en off inicial -«Nunca olvidaré aquel fin de semana en el que murió Laura?»- atrapa al espectador en un relato de naturaleza hipnótica y enseguida queda claro que a Otto Preminger le interesa menos la resolución del asesinato que la creación de un paisaje onírico en el que todo parece a punto de desvanecerse como en un cuadro puntillista, y donde la historia de amor, de «fascinación» más bien, se va apoderando sin remedio de la intriga policial. No es difícil ver en 'Laura' un esbozo previo de 'Vértigo', sin duda, el relato mayúsculo sobre la «fascinación» amorosa. Ambas películas comparten argumento: un detective que se enamora de una muerta.

 Laura no es una obra redonda, aunque posee momentos difíciles de cuantificar, de esos que se agarran a la memoria y, tiempo mediante, se convierten en míticos. Está el cuadro de Laura, por supuesto, omnipresente y cautivador, que parece tener un altavoz oculto del que brota esa música hechizante de David Raksin. Y ese beso leve y fugaz en una época en la que estas situaciones, con un detective en cuerpo presente, se resolvían con besos como disparos.

 Waldo Lydecker, el crítico de arte, tan temido como influyente, y que recibe a sus invitados escribiendo a máquina en una bañera con el tamaño de una terma romana, es otro gran acierto de la película. Su oratoria es un compendio de impertinencias y diálogos brillantes, que derrama en unas columnas periodísticas capaces de destruir la carrera de cualquiera a base de endecasílabos mojados en veneno. Clifton Webb interpreta a este personaje con la petulancia exquisita del que cree haber inventado el presente de indicativo. Y luego está Gene Tierney y su secuencia del interrogatorio, en la que encienden un par de lámparas cegadoras y su cara refulge.

 Tierney pertenece a esa estirpe de actrices con un esqueleto afortunado a las que ponen un foco y sus caras recogen la luz y la convierten en otra cosa. Como Ingrid Bergman en 'Casablanca' o Ava Gardner en 'Forajidos'. Laura es un extravío dentro del cine negro, una pieza singular llena de elegancia y estilo que muestra una forma de hacer cine ya desaparecida.


                                                                                (Publicado en La Voz de Galicia)

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