16 diciembre, 2012

Killing me softly



 Roberta Flack.

 A pesar de ser un fenómeno en exportación, Estados Unidos tiene el patrimonio de las masacres espeluznantes y cotidianas. Hace menos de seis meses un fulano mató a doce personas en el estreno de Batman. Un tipo entró armado hasta los dientes en una sala de cine y a nadie le resultó raro, las víctimas creyeron que formaba parte del show. Todo un detalle.

 Siempre que ocurre una de estas matanzas sociales, se pone en marcha un mecanismo viejo de negación del horror. Nadie quiere mirar a los ojos de la bestia. Es preferible pontificar acerca de las armas o decir que Breivik no estaba loco, que tenía unas razones muy arias y tal.

 Mejor obviar que existe una trastienda de tipos ansiosos por aniquilar y que viven en una sociedad en la que no encuentran el botón de “me gusta” por ninguna parte. Acabarán con una etiqueta que quede chula en las ruedas de prensa, tipo “terrorismo social” y situados en el eje del mal.

 Nadie se ocupa del odio, a menudo difícil de detectar. El asunto es pasar página hasta la siguiente pantalla del videojuego. Montar un debate acerca de la cantidad de armas que tienen los americanos (que son muchas) y repetir lo mismo en un corta-pega eterno.

 Seguro que todos recordáis a Travis Bickle el protagonista de “Taxi Driver”. Lo que veía a su alrededor le asqueaba. Miraba el mundo a través de un retrovisor y conducía un taxi que atravesaba las alcantarillas humeantes como si viniese del infierno. Y venía. Travis no mataba por el hecho de tener una pistola muy grande. Tampoco por existir alguien dispuesto a vendérsela.

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